Capítulo III

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Capítulo III

Mensaje  Bennet Hatch el Lun Ene 02, 2012 2:10 am

Capítulo III

Parte I


Algo débil de estómago.
o
Para hoy tenemos: Tortura.
o
¿Qué tal una brocheta del cocinero?.

Al momento de estar todos en el suelo, tosiendo, envenenados, fueron las mujeres atendieron a los enfermos, antes que todos los doctores, salvo Gretchen que había probado algo de la sopa, pero presentaba problemas muy menores. Los médicos llegaron al poco rato. Por suerte nadie había muerto... aún.

Quienes se vieron más afectados fueron los eclesiásticos. El Cardenal Trevisan por su avanzada edad, y el Arzobispo da Palestrina por un alto consumo de la sopa envenenada. Bennet presentaba algunas molestias, por lo que volvió a la cama que lo tuviera tiempo antes por el golpe en su cabeza, descansó por un par de horas. En tanto Harald, Eric y el resto se encontraban en un estado similar al de Su Majestad.

La ciudad estuvo asediada, esta vez por guardias buscando al cocinero de mala calidad. A las pocas horas fue atrapado. Arrestado. Había de decidirse qué hacer con él en un juicio, por supuesto primero se le “persuadió” a hablar y confesar quién estaba detrás de estos... hechos.

Los encargados de realizar la labor persuasiva fueron Sir Magnus,quien designó a su hijo, Argus como jefe del equipo de... “persuasión” y Thomas, secretario de Bennet quien para las 5 de la tarde, hora en que atraparon al sujeto, ya se había recuperado totalmente.

Aun así, Thomas rehuyó de las torturas, aquejado, según decía, por el dolor de estómago. Fueron Argus y Magnus quienes se encargaron de sacarle todo en limpio al recluso. Tras algunos golpes, el cocinero dijo que se negaría a hablar. Tenía un hijo lejos, en el sur y dos hijas, necesitaban una buena posición para poder casarse bien y evitar sufrir en esta guerra, fue lo que les dijo.

Ante esto, Argus ofreció el pago de una recompensa generosa para sus hijos, y el aseguramiento del futuro de los mismos, ante lo que el acusado, mirando fijamente a Sir Magnus, respondió: “Esa cuenta... ya está saldada, nada más puedo decir además de que yo envenené la comida”.

Quizá un poco por negarse a aceptar su silencio, quizá por frustración, quizá por ira u otros motivos, sometieron al pobre, por decisión de Argus a un ,o unos, últimos intentos de confesión. Tras unos golpes, insultos, estiramientos, dislocación y rompimiento de huesos, el reventar de un ojo y algunos fierros al rojo vivo sobre la piel y dentro de ciertas zonas del individuo, éste se animó a hablar una última vez: “Que Dios me perdone y me reciba”.

Finalmente la decisión del cómo sería ejecutado quedaba en manos de Bennet, no muy gustoso con la idea de matarle como, probablemente, tendría que hacerlo.

Los gritos del pobre resonaban por toda la mazmorra y el nivel bajo de Palacio. Eran las diez de la noche, y el sujeto sufría cierta gran calidez al interior de su sistema digestivo, cuando finalmente Bennet decidió consultar el tema con los mismos afectados.

Una vez reunidos todos, se decidió la suerte del sujeto... Mejor dicho, cómo ponerle fin a su suerte, con la muerte. ¿Ahorcarlo? ¿Hervirlo? ¿Freírlo? Las últimas sonaban tentadoras por la ironía que representaba cocinar a un cocinero, sin embargo Bennet seguía presentando cierta molestia ante esto, ya que nadie había muerto... Aún.

Sin embargo, era el intento de regicidio y magnicidio el que se condenaba ya a muerte, a la usanza de esa época y más aún en momentos tales. Cuando Bennet consultó por dejarlo vivo más tiempo para que confesara, Argus, (Quien había terminado la sesión de tortura con el condenado) le dijo que era imposible por las “heridas” que tenía, además de inútil el intentar hacerle hablar. Bennet pareció aceptar esta idea, asumiendo que las heridas fueron productos de las torturas, aunque, por un breve momento creyó que eran heridas a causa de que el cocinero probara la sopa.

Tras la breve reunión se decidió simplemente ahorcarlo y poner su cabeza en la muralla. La decisión había sido tomada, no obstante, algo cambió enteramente la situación de la condena del pobre. Se anunció la muerte del Cardenal Trevisan. Nuevamente se modificó la condena: Sería muerto en aceite hirviendo.
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